Cambridge
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June 1, 2021

It’s time to build a new social contract and reflect on what unites us all (Es hora de construir un nuevo contrato social y reflexionar sobre lo que nos une a todos)

Yves Daccord

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By Yves Daccord, Executive Chairman

“STINKY CHEESE ALERT. This smell is normal!” This was the warning written in large letters on the package containing the Gruyère I had just ordered from a small grocery store in Boston. Needless to say, I still have to get used to the US and to certain basic aspects of its communication.

I have traveled a lot over the last ten years, going from one country in a humanitarian crisis to another. This is the first time, however, that I have put down my suitcases for a longer period of time in a country that I know little about, outside of Washington and New York.

Photo by Ian Taylor on Unsplash

What struck me immediately, besides the bold nature of the stinky cheese-type of alert, was how the "we" is lived and expressed both in each neighborhood – in my case in Jamaica Plain, a fairly mixed and cool neighborhood in the heart of Boston – and in the country as a whole. Of course, I knew a little bit about the history of the country and its racial, social and economic divisions. And yet, the violence of the emotions that separate people often left me stunned. I was also bewildered by my own difficulty in navigating these tensions as a “white male with privileges”.

The presidential election has been an amazing magnifying glass. I couldn’t help but marvel somewhat at Trump's political "genius" at being able to constantly and aggressively define who is part of the American "us” in everyday life, and who is not.

It is also happening more widely. There is a generalized abandonment in all parts of society of trying to understand the other: the one who doesn't look like you doesn’t think like you, doesn't vote like you. This has been coupled with the fragmentation of politics and of key institutions that seems to prevent the mere possibility of an emergence of a new social contract in this country.

And yet, this is what is needed. At the heart of the social contract that unites each of us as citizens and people with those who govern us is the basic need for protection and the trade-offs that we are willing to concede. Difficult collective conversations are needed when it comes to what will allow us to live together, what we need to feel safe, what are the new rules of the game in our incredibly diverse and complex societies. In the United States as well as at home.

When I observe the tensions that are rising over the management of Covid-19 and what this means for each person and our society, I tell myself that at home in Switzerland we are not immune to an American-style polarisation where there is no longer any incentive to seek a minimum of understanding and consensus.

The time has come to rethink our social contract and reflect on what unites us all. This should be done without naivety but with the ambition to collectively take ownership of the key issues like trust, data, safety and cooperation that are likely to define our future. We can all contribute in our own way and we should.

I'm currently doing this through a pop-up institute I'm setting up here in Boston at Harvard University. The idea is to bring together academic excellence with the experimental nature and energy of art pop-ups to channel radical collaboration and transcend the disciplinary boundaries between art, policy and research. By doing so, we hope to redraw new urban social contracts in cities as different as Medellin, Nairobi, Chicago, Singapore or Geneva.

The political and social space that cities represent seems to me particularly relevant when we want to understand what is at the heart of our social contract and how it is changing rapidly in this period of digitization of security, mass surveillance, and pandemics. Cities and their ecosystems are where diversity and complexity are palpable, where “rubber meets the road” in policy changes, where the importance of creating the conditions to live together is clear, and where change is possible.

These first few months in Boston have confirmed my intuition that the twenty-first century will not only be played out in the development of new technologies, but in the human capacity to live together and find modus vivendi to do so. The alternative that emerges is a society where segregation might be the norm. And that's a no-go for me.

*This post first appeared in Geneva Solutions, on January 05, 2021.

En Español

"ALERTA DE QUESO APESTOSO. Este olor es normal". Esta era la advertencia escrita en letras grandes en el paquete que contenía el Gruyère que acababa de pedir en una pequeña tienda de comestibles de Boston. Ni que decir tiene que todavía tengo que acostumbrarme a Estados Unidos y a ciertos aspectos básicos de su comunicación.

He viajado mucho en los últimos diez años, yendo de un país en crisis humanitaria a otro. Sin embargo, es la primera vez que dejo las maletas durante un periodo de tiempo más largo en un país que conozco poco, fuera de Washington y Nueva York.

Lo que me llamó la atención de inmediato, además de lo atrevido de la alerta del tipo de queso apestoso, fue cómo se vive y se expresa el "nosotros" tanto en cada barrio -en mi caso en Jamaica Plain, un barrio bastante mixto y cool en el corazón de Boston- como en el país en su conjunto. Por supuesto, conocía un poco la historia del país y sus divisiones raciales, sociales y económicas. Y, sin embargo, la violencia de las emociones que separan a las personas me dejaba a menudo atónita. También me desconcertaba mi propia dificultad para navegar por esas tensiones como "hombre blanco con privilegios".

La elección presidencial ha sido una lupa increíble. No pude evitar maravillarme un poco ante el "genio" político de Trump al ser capaz de definir constante y agresivamente quién forma parte del "nosotros" estadounidense en la vida cotidiana, y quién no.

También está ocurriendo de forma más generalizada. Hay un abandono generalizado en todas las partes de la sociedad de intentar comprender al otro: el que no se parece a ti, no piensa como tú, no vota como tú. A esto se suma la fragmentación de la política y de las instituciones clave que parece impedir la mera posibilidad de que surja un nuevo contrato social en este país.

Y sin embargo, esto es lo que se necesita. En el centro del contrato social que nos une a cada uno de nosotros como ciudadanos y personas con quienes nos gobiernan está la necesidad básica de protección y las concesiones que estamos dispuestos a hacer. Son necesarias difíciles conversaciones colectivas sobre lo que nos permitirá vivir juntos, lo que necesitamos para sentirnos seguros, cuáles son las nuevas reglas del juego en nuestras sociedades increíblemente diversas y complejas. Tanto en Estados Unidos como en casa.

Cuando observo las tensiones que están surgiendo en torno a la gestión de Covid-19 y lo que esto significa para cada persona y nuestra sociedad, me digo que en mi país, en Suiza, no somos inmunes a una polarización al estilo estadounidense en la que ya no hay ningún incentivo para buscar un mínimo de entendimiento y consenso.

Ha llegado el momento de replantear nuestro contrato social y reflexionar sobre lo que nos une a todos. Esto debe hacerse sin ingenuidad, pero con la ambición de asumir colectivamente las cuestiones clave como la confianza, los datos, la seguridad y la cooperación que probablemente definirán nuestro futuro. Todos podemos contribuir a nuestra manera y deberíamos hacerlo.

Actualmente lo hago a través de un instituto pop-up que estoy creando aquí en Boston, en la Universidad de Harvard. La idea es aunar la excelencia académica con la naturaleza experimental y la energía de los pop-ups artísticos para canalizar la colaboración radical y trascender las fronteras disciplinarias entre el arte, la política y la investigación. Con ello, esperamos rediseñar nuevos contratos sociales urbanos en ciudades tan diferentes como Medellín, Nairobi, Chicago, Singapur o Ginebra.

El espacio político y social que representan las ciudades me parece especialmente relevante cuando queremos entender qué hay en el corazón de nuestro contrato social y cómo está cambiando rápidamente en este periodo de digitalización de la seguridad, vigilancia masiva y pandemias. Las ciudades y sus ecosistemas son el lugar donde la diversidad y la complejidad son palpables, donde el "caucho se encuentra con el camino" en los cambios políticos, donde la importancia de crear las condiciones para vivir juntos es clara, y donde el cambio es posible.

Estos primeros meses en Boston han confirmado mi intuición de que el siglo XXI no sólo se jugará en el desarrollo de las nuevas tecnologías, sino en la capacidad humana de convivir y encontrar modus vivendi para hacerlo. La alternativa que surge es una sociedad en la que la segregación podría ser la norma. Y eso es algo que no me gusta.

*Este artículo apareció por primera vez en Geneva Solutions, el 5 de enero de 2021.

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